Invitados por Pedro
Garciarias en su estudio de Granada, tuvimos el
privilegio de ser los primeros espectadores de una
muestra de sus últimas creaciones. Las agrupa bajo el
título Poesía entre rosas y reúne una serie de
pinturas de distintas técnicas y formatos. Celebran el
reencuentro del autor con distintos poetas a través de
la visión que éstos tenían de la rosa. Como es constante
en su obra, se inspira en la propia experiencia lírica
que en el desarrollo cotidiano de su espiritualidad le
aportan música y poesía. Aprehendidas y transformadas a
través de su trayectoria emocional, nos atrevemos a
intuir una considerable influencia en algunos de sus
cuadros de un reciente natalicio familiar (Paula
Teresa), hecho en el que convergen sentimientos míticos
y místicos de renovación vital, armonía universal y
belleza.
Iniciado
este itinerario artístico hacia el año 2009 y 2010,
culmina a finales de 2011 cuando vuelve a recrear
lecturas de los versos que Rainer Maria Rilke, Juan
Ramón Jiménez y Thomas Stearns Eliot escribieron sobre
las rosas. No obstante, la preocupación estética por
este tema ya tenía precedentes en algunos estudios
realizados en acuarela y tinta china durante los años
1996-1997. De alguna manera, Pedro Garciarias pretende
participarnos con formas y policromías, de una suave y
envolvente atmósfera que podría encontrar paralelismo en
la música de Carl Maria von Weber (El espectro de la
rosa), donde la contundencia del color adquiriría la
fuerza que en la danza puso en su día el incomparable Vaslav Nijinsky.

Juan Ramón
Jiménez
(Pintado por
Joaquín Sorolla),
Rainer Maria
Rilke
(Fallecido de
leucemia. Según la leyenda, murió como
consecuencia del pinchazo de una rosa)
y
Thomas Stearns Eliot
(Pintado por Wyndam Lewis).
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Este poemario
pictórico sobre las rosas conecta, de forma subliminal
si se quiere, Asia con Europa. Asia, por ser allí donde
tiene su origen esta flor y estar en la filosofía simbólica
de la cultura China, omnipresente en la estética de las
pinturas de Garciarias. Europa, por la asimilación
histórica que en el continente se hizo de ella, como
canon de refinamiento y belleza. Bajo este aspecto la
contemplaron chinos, babilonios, egipcios, griegos y
romanos. Para los helenos, la rosa nació de la sangre
que una espina causó en el pie de Afrodita. Aquí
establecemos una nueva conexión de este mito con la
trágica muerte de
Rainer Maria Rilke.
Tal vez se
condensen todas estas leyendas en los azules,
traspasados de luz del Egeo, en los que se insertan
algunas de sus rosas.

San Juan de la
Cruz, Dulce María Loynaz y José Lezama
Lima,
autores cuya obra poética siempre ha estado
presente en las pinturas de Pedro Garciarias.
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En otras
ocasiones, los fondos dramáticos nos ponen en contacto
con las atmósferas de monasterios medievales en cuyos
claustros se cultivaron con carácter botánico-poético.
San Juan de la Cruz las describió con su exaltada
literatura mística. Por su
parte, los tonos más vivaces nos transportan a las
rosaledas imperiales del Palacio de la Malmaison o a la
cuidada elegancia de la poetisa cubana Dulce María
Loynaz. La
forma y técnica en la que Pedro Garciarias materializa
sus pinturas libera nuestra imaginación permitiéndonos
viajar, desde nuestras propias experiencias, a los
mundos interiores personales que recrea el artista. El
tiempo y la geografía, los personajes y sus mitos se nos
muestran en abstracciones, dotadas involuntariamente de
la perversidad con la que el genio creador intenta
despertar a los espectadores durmientes. Trazos unas
veces firmes, otras envolventes. Abundancia de colores
luminosos que comparten espacio, en celdas diferentes,
con otros de austeridad casi monocroma. De la pintura a
la caligrafía. De la complejidad formal a la sencillez
del elaborado esquematismo primitivo. Así es como Pedro
se manifiesta en su obra.
Seguramente no
sea accidental en este nuevo proyecto la convergencia de
influencias culturales europeas que se desarrollaron a
finales del siglo XIX y principios del XX. Es posible
que, a través de los autores que en esta ocasión le
inspiran, quiera explorar nuevos horizontes diferentes a
los ya recorridos en el pasado. Con Lezama, de añoranzas
hermanas transcontinentales. Con Juan Ramón Jiménez y
Elena Martín Vivaldi, acompañándolos en paseos cercanos
de paisajes andaluces, contemplando la mistérica
robustez de jardines alpujarreños o aquellos otros que
provocan ensoñaciones con la acuática complicidad
sinfónica de fuentes nazaritas. Cuando tengamos ocasión
de visitar la exposición estaremos también viviendo,
dentro del tiempo y el espacio, un tratado, casi
hermético, de la idealización de la rosa en la poesía de
los dos últimos siglos. Y lo haremos formando parte de
él, integrados en su centro mismo.
En este punto
dejamos la personal interpretación que hacemos de lo que
Pedro Garciarias nos ha mostrado. Seguiremos el consejo
que Juan Ramón Jiménez nos diera en su poema más
corto, aplicándolo en este caso a la obra de
Garciarias:
No le
toques ya más,
que así es la rosa!
Piedra
y Cielo - Poema I.
Juan
Ramón Jiménez (1919)
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